domingo, 21 de noviembre de 2004

Ulises (Chapter 2)

Andaba saliendo de la tienda de los gorros cuando la primera parte del relato encontró su fin.

No mucho más alante - de hecho apenas unos treinta pasas hubiese dado - cuando empiezo a reconocer las cercanías del Bullring. El estrambótico mini-edificio que alberga el puesto de ayuda al turista se mostraba nte mí en medio de la avenida; la apabulante multitud de viandantes se dividía ante él pasando a ambos lados. Sus paredes de cristal me permitieron ver que unas cuatro o cinco personas atosigaban a la chavala que en aquel momento ocupaba el puesto.

Y un poco más adelante la avenida desde la cual ya se divisaba el centro comercial. La tienda dedicada al cine, más tiendas de ropa - no dejé de verlas desde el momento en que puse pie en tierra, Zara, oradores que elevaban plegarias a los cielos desde atriles siendo ignorados por la multitud, el enorme GameStation dedicado a los videojuegos y gente. Mucha gente haciendo del caminar por las calles un continuo ejercicio de dribbling, cuando no forzaban los esporádicos encontronazos a recurrir a algún que otro "sorry". Antes de dirigirme al centro comercial quise curiosear la tienda de videojuegos.

Ya había comprado un juego antes en Tamworth y no quería hacer de mi estancia una oportinidad para proveerme de un acopio de DVDs para la consola. Uno ya me parecía suficiente. sin embargo un catálogo del Asda me descubrió la existencia por aquí de un CD que no se comercializa en España y que sí me interesaría conseguir - "Xplodder" para más señas-. Advertí con sorpresa lo enorme que era el local. Vi precios bastante aceptables por algunos buenos juegos. Pero no encontré lo que buscaba por lo cual tomé camino, finalmente, hacia el destino principal.

Accedí al centro por la que era la segunda planta del edificio. Tomé una foto en la que se podía apreciar este detalle. Acto seguido, sujeté la cámara con ambas manos frente a mí, un poco más abajo de la altura del pecho, y bajé la vista hacia la cámara buscando conseguir el efecto de que quiero ver cómo ha resultado salir la fotografía. (Es un acto casi reflejo que repito cuando he fotografiado a una muchedumbre y pienso que quizá alguno de los espontáneos modelos no está muy conforme con quedar inmortalizado en la tarjeta MMC de un desconocido que viste baqueros, chaquetón negro, camisa de pana, gorro gris y lleva el trapo rojo de Cocacola al cuello - en ese preciso momento -). Tuve la sensación de que el centro comercial no era tan grande como me había parecido la primera vez que estuve en él. La sensación se desvaneció al momento en que una segunda ala del edificio fue descubierta.

Aunque seguía dándole vueltas al asunto de los regalos - miraba escaparates a ver si por fortuna encontraba el regalo de Paz, algo que no veía fácil y en lo que no confiaba demasiado -, la primera tienda en la que entré fue "Borders" (la, también enorme, tienda de libros en la que ya compré anteriormente "Soul Music" de Terry Prattchet durante mi anterior visita con Jose).
Otra vez me volví a quedar algo embobado frente al mueble dedicado a las obras de Prattchet. Me había dirigido casi directamente al mismo, salvo por unas breves paradas frente a las ofertas, bestsellers y revistas. Tomé "The Art of Discworld" y "Eric" momentos después de que un empleado hubiese tropezado con el taburete que hay dispuesto para facilitar el acceso a las estanterías superiores y hubiese estado a punto de caer de bruces al suelo. Lo reprendí con un "Take care, take care" adjunto a una sonrisita para que tuviese constancia de que estaba de coña. Pago, cinco libras por "Eric" y doce (que eran quince en un principio, pero al parecer estaba de oferta) por "The Art of Discworld".

Primeros regalos para mí y empecé a pensar en que he de tener sobrado tiempo para encontrar el difícil regalo para mi amiga mostachona. Aún así continué mirando escaparates de moda femenina por si sonaba la flauta.
"HMW", tineda de CDs de música videojuegos y películas. Tampoco esperaba encontrar nada ahí pero recorrí los estantes con atención. Cogí cada uno de los discos de los Beatles que iban pasando ante mí y examinaba las canciones indicadas en el anverso. Los acabé soltando todos. Abandoné la tienda con la misma carga con la que entré: mi mochila y la bolsa del Borders.

Fue entonces cuando opté por abandonar la obsesión de encotrar el regalo de alguien en concreto y simplemente me dediqué a curiosear las tiendas. Las de deporte podrían dar mucho juego. La más cercana se pudo jactar de haber recibido mi visita.

Me moví entre camisetas de futbol, chandals y chaquetones. Yo miraba cada una de as etiquetas esperando encontrar por cinco libras equipación suficiente como para ascender el Everest. No conseguí aquello.
En mi deambular localicé sendos chandals y camisetas del FC Barcelona y me resultó curioso no ver ninguna del Madrid (porque si bien es cierto que como ciudad es mucho más conocida por aquí Barcelona que la capital de España, el Real Madrid es un club sobradamente conocido a nivel futbolístico). Las encontré también algo más tarde.
Las camisetas del Villa eran caras así que me fuí.

La siguiente tienda fue otra de deportes. Pensaba en encontrar una sudadera de oferta del Villa para el Peluzo, pero ya seguía a lo mío, a mirar y si veía algo adecuado, a la saca.
(Momento este en el que caigo en la cuenta de que si desvelo lo que he comprado a cada persona, estoy haciendo trizas aquello llamado "ilusión frente al factor sorpresa").
Para no ser menos, era otra tienda inmensa. Utilizaba dos plantas para presentar los productos y había por las paredes varias hileras de camisetas estando las más altas situadas casi a la altura del techo (que podía tener siete metros).
En consecuencia a la reflexión anterior, sólo indico que la visita a la tienda me permitió tachar dos nuevos nombres de la lista de pendientes de regalo: Oli y JP.
Ya, con mis futuras adquisiciones en mi mano ("futuras" pues aún estaban por pagar) encontré una camiseta del Real Racing Club de Santander. Realmente curioso.

Y yendo a pagar, desde el ala izquierda del pabellón se asoma una jovencilla con el uniforme de la tienda gritando algo a los que nos apelotonabamos en espera de alcanzar el mostrador con las cajas. Me pareció entender que habian habilitado una nueva caja y pedían que algunos de nosotros nos dirigiésemos hacia allí - fue así de hecho -. Yo permanecí en mi sitio tras dos chavalas que hablaban un extraño idioma que al transcurrir de un minuto (segundo arriba, segundo abajo) identifiqueé como "español".
- ¿Españolas? - Por preguntar...
- Yes.
- Sevillano - Por hacer patria.
Conversamos brevemente sobre donde vivíamos cada uno, por qué andabamos por aquí, si nos dejaba o dejaba de gustar esto, alcanzamos el mostrador casi simultaneamente - yo a una caja y ellas a otra -, pagamos y nos despedimos.
- Bueno, a seguir comprando - Me dijo la morena, quien se mostró más dicharachera durante aquel intervalo.
Las dí por madrileñas por el acento.

(To be continued...)