domingo, 21 de noviembre de 2004

Ulises

Apercibiame yo que no es comun por lares estos ofrecer saludo a quien espera transporte publico en los lugares habilitados.

El acceso al interior y el consiguiente intercambio verbal con la persona que ha de convertirme en su pasajero si a buen puerto - Birmingham - pretendo llegar, me hace meditar sobre la idea de dar más brío, y forma genericamente, a mis "return" (que ha de ser algo similar a "rihtharn", siendo muy lacia la pronunciación de la "a"). Hubimos de intercambiar un dueto de "Sorry?s" por barba: tanto mi interlocutor, como el que ahora escribe estas lineas ' que no es otro que Antonio Bruce Rodríguez Fernández, hijo de Antonio Rodríguez Castillo y Mª Manuela Fernández González; hermano de David y Oliver y antiguo socio del "Club Burger King", pero eso ya es otra historia). Indiferente a cuanto a su alrededor pudiese ocurrir, aquel petirrojo que me entretuve contemplando hacía ya cerca de una hora, seguía campando bajo el mismo arbolillo.

Y siendo no justo comenzar la historia en tan atropellada y poco cimentada forma, me presto urgente y servil a insertar presedentes varios para que, usted apreciado lector, pueda con más facilidad comprender la presente narración.
Era las nueve y veinticinco la hora pretendida para tomar el transporte a Birmingham. El infortunio quiso que no fuera posible iniciar la empresa tal como se había pretendido, pues por mor de la divagación matutina con Dan y porque en estos casos (aplicable Ley de Murphy), el autobús se ha de adelantar un par de minutos: el intervalo de tiempo exacto para que puedas verlo pasar frente a tus narices y sea imposible hacer algo para evitar tal sino.
Tras ello, quince minutos en la parada amasando la idea de que "ese debe de haber sido otro bus". Retorno entonces al calor del hogar, distando éste no más de ciento cincuenta metros del lugar que ocupaba y no prolongándose más de dos minutos el caminar. Dándose la necesidad de consumir los minutos hasta poder perder el siguiente autobús, enciendo la computadora, conecto el programa-servicio "MSN Messenger" de "Microsoft" y converso durante aproximadamene quince minutos con Frodo.

El viaje de ida discurrirá sobre las mismas pautas que el que antaño hiciera hacia las lejanas (10 millas) tierras de Tamworth. No habría entonces de devanar mis sesos atormentandome con escabrosas cuestiones como "¿Qué pueblo habrá de ser éste?" o "¿Muchas serán aún las paradas a esperar?" La mía, Birmingham, era la última de las paradas. Si no salía por mi propio pie del vehículo, la persona a la que saludé y pagué billete cuando subí, me invitaría a abandonar el auto utilizando los métodos que oportunamente considerase.

No habiendo recorrido una gran distancia todavía (pues nos encontrábamos en la parada aledaña al hotel en el que trabajo), sube un nuevo pasajero dentro de una jaula de plástico. Es éste un gato agompañado de una señora vieja; o un estraño viejo, dicho dilema aún persiste en mi cabeza.
Apostaría, en cualquier caso, dos contra uno que el acompañante del gato era una vieja. El gato se hizo notar durante gran parte del trayecto maullando a saber con cuáles felinos propósitos.

Proseguíamos pasajeros (humanos y felinos) nuestro viaje estimado en cincuenta y cinco minutos en el caso de haber partido desde la Viilage de Piccadilly. El día anterior una gala benéfica en pro de los niños necesitados se proyectaba en el receptor de televisión. Actuó Travis con su "Why does it always rain on me?". Daban a consecuencia de ello vueltas en mi cansada cabeza un par de estrofas: "I can't sleep tonight" y "Sunny days, where have you gone?".

Y seguíamos el viaje. Llegabamos a Birmingham pero todavía habríamos de hacer alguna milla más antes de encontrarnos en el centro, en Bull Street.

Minutos después habíamos alcanzado el ansiado destino, habiámos llegado a la gran ciudad. Paraiso de consumistas y hermosa ante el ojo que la contemplaba en ese cierto instante. Birmingham.

Inmortalizaba un par de parajes justo antes de toparme con la catedral que ya describí en una pasada misiva. Mi nueva empresa era localizar el BullRing. Me había provisto para lo cual de un mapa de la zona, obtenido en mi anterior visita del interior de la biblioteca pues eran ofrecidos gratuitamentes a aquellos que lo requiriesen. Confié en que la suerte habría de guiarme dando por hecho que el sino encontrado durante la mañana habría de ser equilibrado con un pronto descubrimiento de la zona buscada. Partí a la deriva conservando el mapa en el bolsillo frontal de mi petate.

La caminata, más larga de lo esperado, me hizo empezar a sospechar que el rumbo tomado no coincidía con el que debía de tomarse por "correcto". Opté por buscar a la muchedumbre y siguiendo progresivamente a cada vez más numerosos grupos de personas me hallé en la Plaza de la Victoria y su recien instaldao mercado navideño. Dediqué entonces mi sobrado tiempo a mirar tenderetes y puestos de comida sin que ninguno realmente me incite a llevar la mano a mi bolsa. Figuritas artesanales, prendas, bolsos, precios y todo tipo de comidas rápidas no acabaron por hacerme caer en el consumismo exacerbado al que parecia incitar el momento y el entorno.

Una calle anexa aún con gran número de tenderetes fue el lugar por el que decidí abandonar Victoria Squeare. Me había dicho el día anterior Maripaz que "los regalos han der esos que tú los ves y te recuerdan a la persona que se los vas a regalar". Intentaba aplicar la frase a lo que iba viendo para poder ir borrando alguno de los veinticuatro nombres que aún restaban en mi lista de ofrendas (el únioo que tenía tachado era David; nada original: un videojuego). Pensaba en encontrar algo para Maripaz, aunque la tarea se me antojaba complicada por lo especial de cada uno y en concreto de ella.

Ya había cesado un poco el tumulto de los tenderetes (ahora el único tumulto presente era el humano) cuando una animosa jovencilla negra, portadora de un considerable taco de papeles o folletos - no me fué posible identificar tal detalle-, me asaltó con un "excuse me" seguido de un torrente de frases totalmente incomprensibles para mi neófito oído, y una velocidad endiablada. En mi defensa blandí un "Sorry. I know little English". Pareció funcionar, tal es así que tras una nueva ristra de frases - incomprensibles de nuevo -, me despidió con tres "Ok! See you later" (sólo el tercero causó en mí efecto).

Despedidome yo de la jovenzuela proseguimos el deambular y no muy lejos de allí volvió a mi mente la sugerencia de la anteriormente conocida como Maripaz - ya que ahora quiere ser conocida como "Paz". Una tienda de vestuario femenino en cuyo escaparte se exhibían gran número de gorros y boinas captó mi atención. Haciendo uso del consejo aquello podía ser adecuado para Sara (o tal vez Silvia).
Saludé a la chavala que en reordenar las prendas que la clientela desordenaba ocupaba su tiempo ("the same as la Inma de Alcalá") y la deferencia no tardó en ser devuelta. Ví bufandas, chaquetas y todo aquello que en una tienda de tales caracteristicas en tal temporada suele encontrarse, pero mi atención se centró exclusivamente en los gorros. Concretamente una boina de algún material similar a la felpa (pese a que no acabo de tener realmente clara concepcion de lo que la felpa es) podía ser un buen presente para Silvia. Levanté el gorro y examiné la etiqueta en la cual la suma requerida por el artículo era indicada. Quince libras. Pensé en pasarme posiblemente más tarde sino otro día.

(To be continued...)