sábado, 26 de febrero de 2011

Pesca pasada por agua

Saludos. No resbalé y me caí al agua del fiordo que es lo que Britt temía. Simplemente el chaquetón se fue calando progresivamente durante la sesión de pesca y espera. Sumando el día de hoy al resto de festivos en los que la rutina casera ha sufrido variaciones de cara a rellenar ratos de ocio, parece que sí suelen ser los fines de semana días de paseo. En éste Britt ha vueloto a acercarse a casa de su madre y por el camino me soltó junto con una caña de pescar y una mochila con aparejos, algo de fruta, bolsas de plástico y un cuchillo por si cogía algun pez para que lo descabezase y limpiase de vísceras. Como nos temíamos todos al final no fue necesario. Cuando me aburriese tenía indicaciones para acercarme andando hasta la urbanización de los viejillos donde vive ahora su madre. Al primer intento confundí el camino de vuelta habiendo hecho unos diez minutos en cada sentido, esperaba por la cuenta que me traía que en ese intervalo no hubiese aprovechado Bitt para ir a buscarme. Podía ser un problema, pues sería tirar por tierra la solución básica, simplemente esperar y que cumpliese su promesa de no irse a Stavenes sin mí. Al regresar del infructoso paseo de ida y vuelta di cuenta de la última pieza de fruta que me quedaba, una naranja. Y como no tenía más opción que quedarme allí esperando bajo la lluvia momentáneamente volví a montar la caña y a poner un nuevo anzuelo; había perdido dos entre la maraña de rocas de la orilla justo antes de tirar la toalla. Antes de perder el primer anzuelo (todos son de ese tipo que simulan la forma de un pequeño pez) había enganchado un pez de tamaño medio que pude ver perfectamente a dos metros escasos de la plataforma donde me hallaba; vaya ilusión que me hizo cuando a través del agua cristalina me supe pescador en una modalidad de pesca que nunca antes había probado. Sin plomo ni corcho. Sucedió que de metro y medio de distancia no había manera de seguir acercándolo. Recogía el carrete tal como recordaba haberlo hecho en mis antiguas sesiones de pesca, a intervalos y ladeando de vez en cuando la caña, tratando de ser yo quien marease al pez y no a la inversa. Pero nada. La distancia persistía. El sedal no se recogía y me aburrí yo antes que el pez con la consecuencia de que se escapó. En uno de los lanzamientos posteriores, al segundo o al tercero, es cuando perdí el primero de los anzuelos al no poder sacarlo de entre las rocas.
He de decir que mientras ya sólo me interesaba la aparición de Britt lo antes posible me hallaba fastidiado por estar allí sólo bajo la lluvia cuando apenas quedaba en el cielo un resquicio luminoso. El pequeño muelle carecía de luces y contaba con que en poco más de media hora me encontraría sumido en tinieblas de seguir allí. En todo caso otro pensamiento me trabquilizaba. Tenía la convicción absoluta de que de una u otra manera me encontraría en la casa en tres o cuatro horas a lo sumo; recordaba que me había encontrado en situaciones similares en Inglaterra y siempre con final aceptable. Siempre se podía recurrir a un taxi como último recurso.
Como es de suponer leyendo la pequeña crónica de hoy, llegué a casa y en un plazo inferior al previsto. Hemos comido tacos y me arrepiento de haber añadido jalapeños al primero de mis tres. Me recogió Britt cuando desandaba el camino correcto porque al poco de empezar la nueva caminata me pareció más seguro no arriesgar todavía y seguir esperando. No estaba seguro de que aquel fuera el camino correcto aunque lo era. Diez minutos después era noche cerrada y seguía sin para de llover. Lo normal en Bergen.
Hasta la próxima. Todo bien de este lado aunque ahora necesito un té y perderme en un rato de lectura. Ha det bra.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El club de la gallina

Empiezo a escribir desde la reunión del club de las gallinas. Sentado frente a una de las mesas que se han colocado en fila rodeadas de sillas. Al principio, a las seis éramos sólo nueve, los ocho mienmros de comité y yo. Un grupo de amigotes de edades dispares entre los quince y setenta años calculo. Ambiente muy distendido, galletitas, café, refrescos y bombones sobre la mesa. Muchos comentarios que levantaban sonrisas y cada vez que se trataba un nuevo punto a incluir en la consiguiente reunión general Britt me lo traducía por lo bajini. Uno de los puntos era que los trabajadores del edificio de apartamentos para viejillos cuya cafetería usamos ahora se han quejado de haber visto animales en ella. Obviamente. Ahora está semiatestado el lugar, cuatro mesas llenas. Yo tengo dos folios en noruego con texto y datos a tratar. Entre Britt y la otra secretaria en funciones han leído para la concurrencia una y otra página. Antes me tomó por noruego la muchacha que se sentó a mi lado preguntándome si estaba libre la silla, me puse medio nervioso al excusar mi desconocimiento de su idioma y fue cuando me dijo que es que parezco noruego. Ahora aplaudimos no se qué a intervalos. Aquí aparco. Ah, al final el flujo de miembros paró pronto, somos unas veinte personas. Un jovencillo de desproporcionadas orejas y cara arratonada ha rebajado la edad mínima y acaban de pasar el cepillo para pagar el piquislabis; he saltado mi turno tratando de aparentar una desentendida elegancia dejando claro a todos los no enterados que vengo invitado en todos los sentidos. La tertulia se ha abierto en varios frentes tras una larga oratoria reforzada a base de mazazos sobre la mesa. Britt, como responsable secretaria no para de tomar notas entre chiste y chiste. Ahora es la tesorera, la antigua secretaria en funciones, la que lleva la voz cantante. En estos momentos parece que se trata el tema de las quejas por la entrada de animales (pollos y gallinas) en la cafetería. Y Britt toma la palabra, enseña un cartón con huevos y ahora está junto a sus pollos desarrollando la presentación que tenía preparada. Salvo yo que escribo estas notas, el resto de participantes escucha con atención. Bueno, no la tesorera que anda más pendiente de rellenar su taza de cartón de café. El gallo de Britt está montando una escandalera que ha conseguido medio interrumpir la reunión. Proseguimos y el gallo empieza a aburrirse de ser ignorado. Los humanos han vencido nuevamente. Voy a intentar leer, no espero ningún giro espectacular reseñable. Saludos desde el club de la gallina.