sábado, 30 de abril de 2011

Jornada de Regreso

"Bruce Rodríguez, Haugesund" he pronunciado en dirección al minúsculo grabador que el operario del barco haciendo funciones de portero esgrimía ante todos los que pretendíamos abordar. Britt seguía llorando como una Magdalena en el muelle a pocos metros por detrás; en el funeral al que acudimos hace en torno a una semana me demostró la mujer que es de llanto fácil, lo que no quita que sobrecoja un poquito e intentase atenuar las primeras lágrimas con algunas frases animosas y tranqulizadoras.
No recuerdo bien si Dag me dijo que este barco navegaría a treinta o a cuarenta nudos. La realidad es que la sensación de velocidad es más que notable, en especial cuando en ocasiones, debido a que cada cierto tiempo nos cruzamos con enormes cruceros, ha cabalgado alguna serie de olas de buena envergadura. En esos momentos la equivalencia con las turbulencias aéreas me ha acudido de inmediato a la cabeza. Hace buen día. Cuento con que las temperaturas sean clementes porque para ahorrar espacio y peso en las maletas me he ataviado con bastantes prendas que a su vez llevan todos los bolsillos a rebosar. Según la información meteorológica de los puertos venideros, en Haugesund me encontraré también un día soleado aunque a catorce grados. No está mal.
Llego a Haugesund, no me hace falta escuchar el nombre del lugar por la megafonía. Recuerdo sin problemas el puerto de haber estado paseando por él junto a Britt y su prima la noche previa al fin de semana en Preikiestol. Además la hora de llegada coincidía con la señalada en mi ticket que no era otra cosa que un folio impreso con todos los datos e instrucciones en noruego; Dag se había encargado de la gestión y compra.
Tras haber andado sin prisas dos calles, he podido comprobar que mi atuendo es demasiado abrigado como para ir moviendo las maletas arriba y abajo a pleno sol, pero que sentado en un banco a la sombra se está estupendo. Según vio Britt en internet, el único autobús que puedo tomar hasta el aeropuerto sale a las cinco y cinco. Son las once, si acaso pasados algunos minutos, pero muy pocos. Recuperado el aliento y rebajada la temperatura voy a tratar de enterarme de dónde está la estación de autobuses.
He localizado la estación de autobuses sin mayor complicaciones. Desde el lugar donde pregunté solo había que tomar la avenida en cuya esquina me encontraba y al final de la misma girar a la izquierda. Por el camino, tras la segunda pausa, me quité el chaquetón y me lo anudé a la cadera.
El primer edificio que me encontré, modesto, tirando a pequeño y franqueado por un más pequeño grupo de señores con uniformes de conductores de autobús bebiendo al sol lo que aún pienso que era café. Entré en el lugar, me hice notar discretamente y un chófer de interior me indicó que el siguiente autobús hacia el aeropuerto sale a las dos y media. Contento por la noticia de que podría campar por el aeropuerto con más tiempo de antelación salí del receptáculo. En breve me di de bruces con otro con más pinta de edificio de espera para pasajeros en potencia. Tentempié a base de Cocacola y un par de sandwiches, comprobar en la tabla de horarios que para enlazar con mi vuelo el autobús sale a la hora que me dijo Britt (el de las dos y media es a Oslo y desde otra terminal) y tras pasar la tarjeta de crédito de ocho formas distintas por la ranura que hace función también de llave de la taquilla me he deshecho momentáneamente de las maletas y el chaquetón. Me voy al pueblo a dar una vuelta.
¡Vaya! Pues la noche en que estuve recorriendo estas mismas calles me dejó una mejor impresión, un encanto que ahora no termino de encontrar. No voy a apostillar con el "por más que lo intento" porque sería mentira. A estas alturas de la película sólo tengo la cabeza puesta en que no me dé problemas en el aeropuerto el equipaje de cabina debido a sus dimensiones, y un poco también en que me apetece un helado y tal vez me lo compre. Qué bien que se está sentado a la sombrita.
A base de seguir paseando a intervalos (entre y paseo y paseo media la parada en un banco para leer un rato o comerse un helado) Haugesund empieza a recuperar un tanto de su encanto extraviado. La zona de los bares, que a su vez también viene a ser la destinada como puerto, resulta bonita a la luz del día; a pesar de que la iluminación que muestra de noche viene a ser casi espectacular. Me dirigí a esta zona donde un rato antes desembarquébuscando una zona más fresca por donde seguir haciendo tiempo. En breve la abandonaré porque lo es demasiado, sopla viento y son "sólo" quince grados.
Había vuelto a la estación de autobuses porque me habían entrado ganas de orinar pero no tan intensas como para soltar diez coronas para aliviarme. Con intención de memorizar el código del autobús que me correspondía coger volví a mirar la cuadrícula de las salidas y horarios y reparé entonces en que los tres trayectos del día hacia el aeropuerto de Haugesund estaban señalados con el mismo código de vehículo. Incluso los coincidentes de las cinco y y cinco, a Oslo y a Málaga. El desenlace fue sencillo. Eran casi las dos y media, me aligeré para que no se me escapasen chófer y autobús que se iban a marchar sin pasajeros, el hombre me confirmó aquello que deduje de mi segundo estudio del horario y tras pedirle que esperase un instante a que recogiera mis cosas de la taquilla pusimos camino al aeropuerto.
Chico, pequeñito, con piernas de longitud estándar se puede recorrer de extremo a extremo en treinta pasos. El aeropuerto es muy poquita cosa, sólo dos mostradores, el de SAS y el de Ryanair que de momento se encuentra vacío. Yo me he estado aburriendo lo suficiente como para ponerme a contabilizar los pasos que daban distintas personas desde la entrada hasta el mostrador de facturación, calcular más o menos a ojo los necesarios para cubrir los extremos restantes a uno y otro lado y sacar una media. Treinta y dos para ser precisos. Me temo que mientras escribo esto aún me queda una horita y media hasta poder facturar y según cómo me las apañe se hará más larga o más corta.
¡Ah!, la maleta pequeña tiene toda la pinta de que sí pasa el corte. Si la prueba nada más consiste en que sea posible encajarla en el marco de acero dispuesto para la ocasión, la pasa holgadamente. Como estoy medio adormilado (hoy me vale la excusa) tardé algunos tensos segundos en caer en la cuenta de que introduciéndola por un extremo en lugar de por la base, prácticamente se escurría en el hueco. Espero no haberme cargado nada esta vez, porque el "prácticamente". anterior es posible que sobrara Dieciseis veinte, supongo que a las cinco y cinco, dos horas antes del vuelo, comenzarán a dejar facturar.
Ha resultado ser antes incluso. Alguna que otra vuelta en el detector de metales pero sin más historia. Esperando a embarcar por la puerta uno y lo que me aguante la batería del móvil lo dedicaré a seguir leyendo a Clive Barker. Bueno, saludos desde el aeropuerto de Haugesund y... nos vemos en la península :)

miércoles, 13 de abril de 2011

Terceras partes: El Club de la Gallina

Tercer y, en principio, último día que me dejo caer por el club de la gallina de Hordaland. Las galletitas, los refrescos y la cafetera ya están distribuidos estratégicamente sobre las dos mesas que mantienen en reunión al comité del club y a el emisario campobeateño quien suscribe. Por discreción me abstengo de meter mano al plato de papel atiborrado de galletas maría y barquillos de coco aunque el voraz picoteo de mis compañeros me esté haciendo salivar de mala manera. Momentáneamente la tertulia no pasa de ser un monólogo en el que el presidente en funciones apenas da tiempo para que Britt inserte sus réplicas chistosas de rigor. Britt es dura de pelar y en nada consigue equilibrar la conversación e incluso lograr que otros se animen a participar de forma homogénea. Sólo nos hemos mantenido en silencio los tres ocupantes del extremo en que me encuentro sentado: el jovencillo de cara arratonada, un hombre mayor al que no voy a describir en más detalle porque a saber qué puede pensar si me giro a observarlo con avieso interés y, otra vez, el emisario campobeateño, yo Bruce para más señas.
Al mismo tiempo que el timbre de la entrada no para de sonar anunciando la llegada de nuevos asistentes a la reunión posterior ,presiento cómo, e alguna manera ,los barquillos de coco se regodean sosteniéndome la mirada. Tiene lugar el receso previo a la reunión general para que los rumiantes miembros del comité se disgreguen y entreguen a diversas charlas de ininteligible contenido.
Media docena de huevos van a parar a las manos de Britt. Ella se ha traído tres docenas de casa que por lo que veo ya ha colocado a un par de miembros, uno de ellos es el jovencillo de cara arratonada que se ha quedado con una de las tres. El cambalache de razas ha comenzado y terminado en un abrir y cerrar de ojos.
La reunión comienza con un resumen que hace Britt sobre lo acaecido en la reunión nacional a la que acudimos la semana pasada. Reconozco el tema del discurso al atrapar la palabra "Preikiestol" casi al principio del mismo. Hace una pausa que interpreto como el fin del informe porque la parroquia aplaude entre sonrisas aunque la secretaria aún se extendería un poco más.
Hoy presenta a sus animales, un gallo y una gallina de plumaje negro, verde y anaranjado, la misma mujer que antes le hizo entrega a Britt de la media docena de huevos. Haciendo memoria, ella tampoco participó en la tertulia previa. Nada más comenzar a exponer se le notan claramente las ganas que tiene de dejar de ser el foco de atención lo antes posible. Los parroquianos no tienen problemas en concederle esa pequeña satisfacción.
Hoy es día de apreciar y examinar huevos para los miembros del club. También para descubrir que con las linternas de los móviles se puede comprobar el contenido de éstos de una forma tan eficiente como con las pequeñas linternas que se diseñan específicamente para esta tarea.
Y llegado a este punto d y tras apuntar que me confundí respecto a los destinatarios de los huevos de Britt durante el cambalache,oy por sentado que, al menos para hacernos una idea, hemos tenido suficiente de esta tercera
esión del club de la gallina. Saludos del emisario campobeateño, asiduo infiltrado en el club de la gallina.